
Después de varias horas de silencio. Mi boca decide hablar.
No dice nada muy inteligente ni amable.
Solo se limita a unas cuantas palabras.
No hay nada que me haga sonreír ni romper en felicidad.
La rutina y el ocio, fundaron en mi algo incierto.
Sentada ante la oscuridad, meditando en una profunda soledad, me doy cuenta, de
lo fácil que es llorar y lo difícil que es aceptar consuelos.